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Animales - Perdiz
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La perdiz chica

Raúl L. Carman. 2001. Vida Rural (La Chacra Nº 843) Bs. As., 42:1236-1237.

Ilustración: Aldo A. Chiappe.


 

Presa preferida de cazadores por la excelencia de su carne, es también ave muy útil para la agricultura.

La perdiz chica co­mún (Nothura macu­losa) pertenece a la familia Tinamidae, que agrupa en nues­tro país a unas dieciséis especies, entre ellas la perdiz colorada y la martineta o copetona.

Habita pastizales en campos abiertos naturales o cultivados de casi todo el país, desde el extremo norte hasta Santa Cruz. También se la encuentra en Uruguay, Paraguay, este de Bolivia y sudoeste del Brasil.

Los primeros viajeros españoles que llegaron a este continente le dieron el nombre de perdiz por hallarla parecida a la perdiz europea que ellos conocían; sin embargo pertenecen a familias distintas.

El nombre indígena de la perdiz es inambú, vocablo de origen guaraní, pero preferimos seguir usando la denominación vulgar de perdiz, por su gran arraigo en la Argentina.

Come granos y otros vegetales (hojas tiernas, brotes); también insectos adultos, crisálidas y orugas. En menor proporción hallase en su contenido estomacal materias de origen mineral, como piedritas o arena. Por su régimen alimentario, que incluye semillas de un gran número de malezas e insectos dañinos, debe considerársele como ave muy beneficiosa.

Su canto, un silbido melancólico sumamente agradable es, sin duda, uno de los placeres auditivos que nuestros campos proporcionan al caminante. Se lo oye preferentemente en las primeras horas de la mañana o al atardecer, y con mayor frecuencia durante la época de cría.

Nidifica desde septiembre a mayo ‑lapso en el que hace varias posturas‑ en el suelo, junto al pie de alguna mata. Oculta tan bien su nido que resulta muy difícil descubrirlo si el ave no levanta vuelo.

Pone hasta ocho huevos de color chocolate oscuro uniforme, con brillo. Como en otras especies de la familia, el macho se encarga de la incubación y del cuidado de los hijos, y es posible que varias hembras pongan en un mismo nido.

Solitaria, sedentaria, terrícola, está muy bien dotada para caminar y correr. Ocultase también con singular maestría; aprovecha para ello su mimético plumaje, que al permanecer inmóvil se confunde con la vegetación que le rodea, o aun con el suelo casi desnudo.

La perdiz levanta vuelo sólo en casos de extrema necesidad y esta característica es bien aprovechada por los cazadores. Relatos de viajeros y naturalistas que recorrieron las llanuras argentinas en los siglos XVIII y XIX describen cacerías con métodos muy simples: sin bajarse del caballo daban varias vueltas en torno del ave, estrechando cada vez más el círculo hasta que aquella se echaba expectante y no atinaba a huir; entonces se la golpeaba con el rebenque o con un palo. También solía emplearse una larga caña (de 3 o 4 m) provista en su extremo de un lazo, con el que se tomaba el cuello de la perdiz.

Si se la obliga a levantar vuelo repentinamente, sin tiempo para calcular la proximidad y la altura de obstáculos, como un alambrado o una pared, la perdiz suele sufrir accidentes. Guillermo Hudson cuenta que en el curso de una cabalgata de sólo cuatro kilómetros vio como tres de estas aves, que levantaron vuelo junto a su caballo, hallaron la muerte al estrellarse contra una cerca próxima al camino. Refiere también haber visto otra perdiz que se estrelló en vuelo contra la pared de una casa.

Torpe, pero no tanto

En la actualidad, algunas personas sostienen que persiguiéndola a caballo o con perros resulta sencillo apresarla con la mano, pues sólo vuela trechos cortos y pronto el cansancio la agota. Esta afirmación ‑que personalmente nunca pudimos comprobar‑ se suma a otras exageraciones sobre el vuelo de la perdiz, que si bien es torpe y casi sin posibilidad de modificar su dirección, es lo suficientemente veloz, elevado y sostenido como para ponerla a salvo de enemigos. Se inicia en forma violenta y ruidosa, y con lapsos de aleteo y planeo pueden extenderse, en casos de necesidad, unos 300 metros.

Así, lo de capturar perdices con la mano siempre nos pareció un método similar al de "echar sal en la cola". Mucho más en estos tiempos, cuando los alambrados que limitan los campos harían imposible una persecución sin interrupciones.

De cualquier manera, la facilidad de su captura y la excelencia de su carne convirtieron a esta ave, desde tiempos remotos, en presa favorita de los cazadores.

 

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La perdiz chica
Viernes, 23 Enero 2009

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